El yoga se lleva practicando desde hace miles de años, pero en la actualidad mucha de la gente lo utiliza como un método para paliar el estrés de la vida moderna.

La jueza Eleni Derke tiene un aspecto imponente cuando se sienta con su toga negra detrás del estrado panelado de madera del tribunal de justicia del condado de Jacksonville, en Florida. Desde la tribuna del jurado y los bancos de los letrados no se aprecia lo que lleva por debajo: unas mallas de yoga con un atrevido estampado.

Derke descubrió el yoga hace más de 25 años. Sufría el torturante dolor abdominal de la enfermedad de Crohn y su médico le recomendó operarse. Con la esperanza de evitar el quirófano, recurrió a un primo suyo, maestro de yoga. Él le enseñó a colocarse cabeza abajo en una serie de posturas llamadas inversiones. Dicen que limpian el cuerpo de toxinas, aunque no existe prueba científica que lo confirme. Según su experiencia personal, los síntomas se atenuaron. «El yoga me salvó la vida», afirma de manera quizá un tanto desmesurada.

Se formó como monitora de yoga y, si no hace demasiado calor, imparte una clase mensual gratuita en el césped de los juzgados. Cuando los abogados se eternizan en un juicio, ella ordena un receso y guía a los miembros del jurado en una serie de estiramientos y ejercicios de respiración. Pero en los círculos legales se la conoce sobre todo como la jueza que sentencia a los delincuentes a hacer yoga en la cárcel.

Derke juzga delitos menores, como hurtos, posesión de pequeñas cantidades de estupefacientes o conducción bajo los efectos del alcohol, sancionables con un máximo de un año de cárcel. Los delincuentes pueden reducir un 40 % o más el tiempo de su condena si siguen un programa semanal llamado Yoga 4 Change (Yoga por el Cambio). Derke ve en esta disciplina un modo de silenciar el discurso mental contraproducente y de aplacar la ira, el miedo, la angustia y las compulsiones que alimentan la mala conducta.

«Al desprenderte de todo, haces sitio para lo positivo», dice. Al principio, sus colegas eran escépticos. «¿Yoga? Venga ya» afirmaban. Muchos condenados, también. «A mí me pareció una cosa muy rara», reconoce Cecil Reddick, un recluso del Centro Penitenciario Montgomery de Jacksonville.

El programa Yoga 4 Change

Al evaluar los resultados de seis semanas de seguimiento del programa en tres centros de Jacksonville, se descubrió que los participantes comunicaban mejoras significativas en la calidad del sueño, la salud general y la capacidad de gestionar la ira y la ansiedad. Al menos otros dos jueces han empezado a ofrecer también la opción del yoga.

Algunos delincuentes optan por cumplir la condena íntegra con tal de no practicarlo, pero Reddick aceptó la oferta que le propuso un colega de Derke. Se sorprendió al comprobar que salía de las clases relajado, con menos dolor de espalda y percibiendo una sensación que jamás había experimentado: «serenidad».

El yoga, una práctica espiritual que se originó en la India, ha llegado muy lejos. En Estados Unidos se considera un tipo de ejercicio físico, un camino hacia la transformación o iluminación e incluso un tratamiento contra muchas dolencias: desde adicciones, cefaleas y pérdidas de audición hasta trastornos por estrés postraumático, cardiopatías y, en efecto, la enfermedad de Crohn.

Pero confirmar científicamente sus supuestos beneficios para la salud es complicado. La mayoría de los estudios no alcanza el número de participantes que permitiría obtener unos resultados concluyentes, en gran parte porque el yoga no suele atraer grandes subvenciones públicas ni tiene detrás un sector comercial como el farmacológico que financie la investigación.

Sat Bir Singh Khalsa, monitor de yoga y neurocientífico de Harvard, admite que la investigación está en pañales. «Pero diría que hemos demostrado nuestra credibilidad». Khalsa ha investigado los efectos del yoga sobre el insomnio, el trastorno por estrés postraumático, la ansiedad y el estrés crónico, donde ha hallado las pruebas más convincentes de sus bondades. El estrés desempeña un papel crucial en muchas de las enfermedades que nos matan. También hace que comamos mal, durmamos peor y caigamos en el alcohol, las drogas y otros vicios. «La medicina moderna es nefasta previniendo enfermedades crónicas», dice.

Khalsa, que empezó a practicar el kundalini yoga en 1971, me explica con entusiasmo que la epigenética y las tecnologías de neuroimagen están revelando ya la interacción entre cuerpo y cerebro, desentrañando así los misterios del yoga. En otras palabras, los beneficios no están meramente en la fe de los convencidos.

Una investigación noruega que sometió a análisis sanguíneos a 10 voluntarios antes y después de sesiones de dos horas de una práctica de yoga basada en la respiración rítmica halló un aumento de la actividad genética en las células del sistema inmunitario. Investigadores de la UCLA que estudiaban supervivientes de cáncer de mama descubrieron que el yoga disminuía la expresión de genes implicados en la inflamación, que se cree están en la raíz de múltiples enfermedades complejas.

Científicos de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos observaron que quienes han practicado yoga durante muchos años no muestran el deterioro de la sustancia gris habitual en el envejecimiento. Los yoguis también presentaban mayor volumen en varias regiones cerebrales, entre ellas el hipocampo, crucial para la regulación de las emociones y la memoria, y el precúneo y la corteza cingulada posterior, ambos implicados en la atención y la autoconsciencia.

Yoga para sobrellevar la vida moderna

Estudios como estos aportan cierta legitimidad científica, pero no explican por qué una disciplina milenaria ha cuajado de tal manera en una sociedad exhausta por su vertiginoso ritmo de vida. «El yoga es una estrategia útil para que la gente sea básicamente feliz y pueda sobrellevar la vida moderna», dice Khalsa.

Quizá sea el momento de reconocer que a mí el yoga me causó un gran estrés. Me apunté por consejo de un fisioterapeuta que logró curarme una lesión de hombro. En el barrio neoyorquino donde vivo hay una amplia oferta en academias, asociaciones vecinales y un gimnasio. Por ahí empecé. Las clases estaban abarrotadas. Los alumnos se disputaban el espacio a codazos, como en un vagón de metro. Cuerpos flexibles enfundados en mallas se doblaban, curvaban y retorcían en posturas para mí inimaginables. Tuve la sensación de haberme apuntado a una competición en la que no tenía nada que hacer. Me refugié en el yoga terapéutico, donde me sentí ducha como el que más cuando tocaba despatarrarse en cómodas colchonetas e intentar no roncar. Mientras tanto, mi marido aprendía a apoyarse sobre la cabeza.

Yo no soy la única a la que le cuesta asociar el panorama yoguístico con una disciplina seria. «A veces la gente se me quejaba de que la música de fondo no molaba –me cuenta Olivia Mead, profesora de yoga–. Un día decidí que no lo soportaba más. No me hice monitora de yoga para lucir shorts monos. Quería cambiar las cosas de verdad».

Mead fundó Yoga for First Responders, una organización sin ánimo de lucro que acerca el yoga a comisarías de policía, cuarteles de bomberos y academias de entrenamiento desde Los Ángeles hasta Thunder Bay, en Ontario. Las clases adaptan los elementos tradicionales del yoga –posturas, regulación de la respiración, relajación profunda y meditación– para ayudar a soportar la dureza de jugarse el tipo en el trabajo.

«El verdadero objetivo es explotar el poder de la mente –afirma–, no llegar a tocarte los dedos de los pies».

Diecinueve mujeres vestidas exactamente igual, un conjunto carcelario de pantalón y camiseta, ocuparon las esterillas formando un arco en una apretada sala del Centro Penitenciario Montgomery de Jacksonville. Dos agentes uniformadas vigilaban mi intervención; una de ellas, la sargento Rhonda Warren, grababa mis entrevistas con un iPad.

No parecía el escenario más propicio para liberar tensión, y ya no digamos explotar el poder de la mente. Kathryn Thomas, expiloto de la Marina de Estados Unidos y fundadora de Yoga 4 Change, guio a las mujeres en una sucesión de inspiraciones y espiraciones profundas y, acto seguido, en la serie de posturas conocida como el saludo al sol. Poco a poco se hizo palpable una sensación de calma.

La mayoría de las reclusas estaban allí voluntariamente, y si no todas alcanzaron la iluminación o la transformación, al menos diez o doce me contaron que habían aprendido métodos para ayudarse a sobrevivir un día tras otro.

Observando cómo se estiraban, se doblaban y exhalaban desembarazados silbidos, pensé que quizá me habría ido mejor en las clases de yoga si, en vez de fijarme tanto en los demás, me hubiese concentrado más en mí misma, sin juzgar. Cuando las mujeres salieron de la sala, comenté a Warren que me apetecía volver a probar el yoga. «No me extraña –dijo, asintiendo–. A mí también».